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jueves, 25 de marzo de 2010

Dos En Moto


De los ministros de gobernación que nos ha tocado aguantar (y mantener) durante los últimos dos años, ninguno como Salvador Gándara para ponerse, solito él, las orejas de burro.


Y de las burradas que cometió (para qué hablar de sus amagues de pastor cachureco al prohibir el uso de minifaldas, o de sus movidas turbias entre malversación de fondos, transferencias anómalas y demás señalamientos de corrupción), ninguna como la “ideota” de promulgar aquella ley, todavía vigente, de no permitir que viaje más de una persona en cada moto, dizque para disminuir así el índice de homicidios.


Sólo a un ignorante, enajenado de las verdades que se respiran en la calle y ajeno a las asfixias económicas que sufre la mayoría de personas que trabajan en la ciudad (aunque vivan lejos, lejos), puede ocurrírsele semejante atropello: como si usar moto fuera asunto exclusivo de sicarios… y de mensajeros, y de repartidores, y de vanidosos que sacan a pasear su pedorra Harley los fines de semana, y de devotos de Esquipulas miembros de la caravana del Zorro.


Como si la economía de miles de familias que habitan en la periferia de la capital no dependiera de la moto como medio de transporte para llevar y traer al conductor, a la esposa y hasta a los hijos. Como si la alternativa de subirse en un bus no fuera más complicada (horarios, rutas, trasbordos, duración de los trayectos) y, para colmo, a veces tan riesgoso como ponerse una pistola en la cabeza y jugar a la ruleta rusa.


¿Resultados? Los asesinatos nunca disminuyeron, los motoristas se pasan la susodicha ley cada vez más por el culo y los policías contribuyen a la causa haciéndose de la vista gorda.

lunes, 15 de febrero de 2010

Calentarios

Durante el mes de diciembre es tradición para algunos negocios obsequiar almanaques a sus clientes: ferreterías, gasolineras, talabarterías, peleterías, farmacias, restaurantes y hasta surtidoras de abarrotes recurren casi siempre a fotografías de motivos trillados que pueden incluir ya sea arreglos florales, bodegones con comida, niñas y niños rubios o paisajes alpinos mostrando manantiales y cascadas que lucen tan ajenos, lejanos e imposibles como el jardín del Edén.


Pero nada como los almanaques que dan en las aceiteras, los pinchazos y los talleres mecánicos para despacharlo a uno con tremendas chavotas de destacados bultos, escasa ropa, atrevida mirada y complaciente sonrisa. A este tipo de almanaques-calendarios yo les llamo, más bien, calentarios.


A veces llegamos a acumular demasiados de ellos. Tantos, que ya no sabe uno donde colocarlos, ante lo cual queda siempre la posibilidad de sacarles raja como atractivos forros para los cuadernos, o como pósters que se cuelgan en la pared ya sin el estorbo de las hojas que marcan el paso de los días, las semanas y los ciclos lunares.


Entonces nos sorprendemos atesorando aquellas fotos a todo color como si fueran únicas en su género, talvez porque en el fondo sí nos resultan algo exótico, fuera de lo normal, igual de lejano que las niñas y niños rubios, igual de ajeno que los manantiales y cascadas de los paisajes alpinos e igual de imposibles que el sueño de recobrar el paraíso perdido.


Las feministas nos recuerdan que, al consumir estas imágenes, estamos haciendo de la mujer una mercancía y de su cuerpo un objeto de deseo.  Caro paga uno la ofensa por abrazar fantasías eróticas; después de soñar con un pedazo de papel, las mujeres de carne y hueso que vemos a nuestro alrededor ya no nos estimulan lo mismo que antes...

...a menos que tengan las mismas medidas.